El Club de Payasos españoles y Artistas de Circo de la calle Magdalena en Madrid, alberga varios tesoros: una concertina del inimitable Grock, la diminuta bicicleta del popular excéntrico Ramper, los zapatones de los Hnos. Tonetti, una colección de payasos pintados al óleo por el mismo Tonetti, las miles de anécdotas de los socios habituales y muchos libros y álbumes de fotos. Entre estos últimos destaca un voluminoso álbum de fotografías que llaman de Madrueño y que al abrirlo te sumerge en un ambiente y en una época difícil de describir. José Madrueño (1892-1958), tabernero y amigo de artistas, toreros y deportistas, reunió en este álbum más de quinientas fotografías y tarjetas artísticas publicitarias, la mayor parte dedicadas a él mismo, de artistas de circo, cantantes, bailarines y bailaoras, cómicos y ventrílocuos, luchadores y boxeadores, toreros y futbolistas. Un álbum de todos aquellos que, durante los años que transcurren de 1940 a finales de 1960, tuvieron como lugar de tertulia y diversión la taberna de José Madrueño, sita en la madrileña calle de Hortaleza, en el número 42 muy cerca del Price y del centro neurálgico de la escena madrileña de la posguerra. La taberna ha sido testigo fiel de dos décadas de muchas juergas, bromas, chanzas y apuestas.

Cuando el carismático y grandullón artista de circo Eduardini decide convertirlo en la sede social de su peña y de su gente, la Taberna Madrueño se convierte en el escenario improvisado de muchos artistas y aspirantes a famosos que preferían la popularidad y campechanería de esta castiza taberna que la etiqueta y modales de otros foros. Además, otra peña, esta vez taurina, la del matador Jumillano, busca refugio entre las paredes de esta torera taberna, decoradas sus paredes con carteles, fotografías y banderillas de grandes corridas. Así es como la taberna Madrueño consigue reunir en torno al vino y al vermut de antaño a artistas de la más variada índole y condición, en una época difícil, una época de escasez y de incertidumbres. Por esto la taberna se convirtió en refugio de artistas, un microcosmos que hacía olvidar las penurias y estrecheces de la posguerra, un sitio donde la broma tenía un lugar preferente.

El Club de Fany, carablanca con muchos años de profesión, fue el afortunado depositario de este álbum, que le fue entregado por el hijo de Madrueño cuando los obreros se disponían a comenzar la remodelación del edificio. Fany nos cuenta que era habitual que a los que se estrenaban en Madrueño se les gastase una pequeña broma. La chanza comenzaba cuando el gancho que había traído al novato le pedía al jefe unas aceitunas para acompañar los chatos, el patriarca Madrueño guiñaba un ojo y presto servía un platito con aceitunas en el que solo una estaba pinchada con un palillo.

 

El gancho se apresuraba a ofrecerle esta al pardillo de turno, que en cuanto la hincaba el diente comenzaba a resoplar como si fuese el mismo diablo. La aceituna tenía un exceso de picante considerable. Entre risas contenidas el guión continuaba. Se apresuraban a pedir un vaso de agua que remediase los calores. El vaso estaba calado y al beberlo rápidamente para aliviarse, el desgraciado se arrojaba el agua sobre sus vestimentas. Ahora sí, ahora se aceptaba la broma entre sonoras risotadas, era como un bautismo de la simpática taberna y todo quedaría olvidado con un buen sorbo de la bota reservada para los amigos. Acompañado por cachetadas en la espalda, la víctima caía de nuevo: el vino de la bota era vinagre. Si después de esto seguías en la taberna riendo y bebiendo te habías ganado el honor de ser un cliente privilegiado de la taberna. Si a los pocos días aparecías con un nuevo pardillo y ejercías de gancho para provocar de nuevo la broma ya eras miembro de honor y tenías una ronda pagada.

 

 

El álbum debe estar lleno de personajes a los que posiblemente se les gastó la broma y que, agradecidos, se convirtieron en los mejores amigos de Madrueño, dedicándole fotografías con frases tan elocuentes como: "Al Sr. Madrueño, gran amigo y devoto de los artistas", "A mi gran amigo D. J. Madrueño, el hombre bueno, el caballero perfecto y protector de los humildes…", "A la simpatiquísima Casa Madrueño, verdadero rincón del artista", "Para nuestro gran amigo Madrueño, el mejor amigo de los artistas", "Al simpático Madrueño con todo afecto", "Para el padre de todos los artistas", "Al mejor amigo de sus amigos", "Al amigo de todos los artistas", y así todas. El secreto del éxito de Madrueño era su campechanería. Su gusto por las cosas sencillas: un buen vino, una comilona y excursiones, todo esto rodeado de buenos amigos. Amigos y socios de la libertad que da el buen humor.

El álbum es un mamotreto de 50 centímetros de ancho por 35 de alto. Sus gruesas y onduladas páginas de un cartón no se sabe bien si gris azulado o azul grisáceo, están encuadernadas y bien sujetas por tres gruesos tornillos con sus correspondientes pernos. Y pesa un mazo, literalmente lo mismo que pesa una maza de circo, que al igual que a ésta, hay que agarrar con las dos manos y disponer de una mesa grande para desplegar sus páginas.

 

En su primera página se encuentra la dedicatoria que Fany hace al entregar el álbum al Club de Payasos, donación que le honra tanto o más que las horas que ha dedicado a mantener el espacio y el boletín que publica el club: Carpa. Y después de esta dedicatoria colorista ya podemos sumergirnos en el mágico mundo del blanco y negro de Madrueño. Madrueño se fue hace tiempo y desgraciadamente no nos puede contar todas las anécdotas que se vivieron en su bar y alrededor de él, pero afortunadamente nos dejó su álbum. A través de él, podemos interpretar una época de Madrid.